Cuando el jefe de la policía de París quizo encarcelar a Jean Paul Sartre, el general De Gaulle le respondió: "No podemos poner preso a Voltaire". Esta respuesta emblemática es difícil de imaginar en la boca de los militares argentinos que desaparecieron a 30.000 personas, entre ellos a intelectuales como Haroldo Conti o Rodolfo Walsh. En un país como el nuestro, es imaginable un funcionario de una obra social solicitando una coima para acelerar un pago, para aceitar una licitación, para generar compras inútiles y entuertos que permitan privatizar ganancias y socializar pérdidas. Es posible suponer a un personaje de la talla de Favaloro intentando hablar con funcionarios de quinta línea del PAMI, sin lograr que se dignen atenderlo, es creíble que un siniestro Alderete intentara extorsionarlo, es plenamente creíble que un hombre desesperado con llegada al poder, intentara la mediación presidencial a través de una carta que, lamentablemente, fue leída por su destinatario, dos días después de la muerte de su autor.
Nadie puede medir el dolor del alma humana y conocer sus grandezas, debilidades y miserias, palpar sus jardines floridos o sus desvanes oscuros, nadie puede teorizar con certeza sobre causas y resultados; el suicida siempre deja dudas e incertidumbres sobre lo que pudo haberse hecho para disuadirlo.
La Argentina se ha permitido, en los últimos tiempos, evolucionar a través de tragedias: fue necesaria la muerte de María Soledad Morales para demoler el palacio feudal de Catamarca, fue preciso que asesinaran al soldado Carrasco para profesionalizar el ejército (cada vez más lejos de patrias y banderas en los países dominantes), debió morir José Luis Cabezas para desnudar la trama mafiosa de policías, ladrones y empresarios. Puede uno preguntarse si la muerte de un cirujano célebre servirá para cambiar los cimientos de una Salud Pública desquiciada y de un sistema de Seguridad Social tan ineficáz como perverso.
Favaloro había creado una técnica quirúrgica que revolucionó la cardiología moderna al cambiar radicalmente la historia natural de la enfermedad coronaria, había soñado utópicos modelos solidarios, a la par que generó una estructura de servicio con una excelencia solamente reproducible en el primer mundo.
El sábado 29 de julio del año 2000, luego de despedirse de la vida en cartas y mensajes, se vistió con su pijama, se miró al espejo mientras apuntaba a su corazón y seguramente pensaba que se había equivocado de país.
Dr. Luis Alberto Laporta |