En nuestro país mueren 8000 personas por año por accidentes en la vía pública.
Los accidentes no responden a meros hechos fortuitos, sino que suceden por una interacción del medio, el vehículo y el conductor, de tal forma que, como cualquier enfermedad, pueden ser estudiados con criterio epidemiológico (mientras la clínica pone énfasis en el individuo, la epidemiología lo hace en la comunidad y en su relación con el medio).
Las enfermedades tienen una historia natural, que los diseños preventivos y los tratamientos pueden modificar, al punto de lograr su curación; los accidentes también tienen historias naturales y factores modificables en cuanto a probabilidad, en cuento a la asistencia inmediata de las víctimas y en su posibilidad de rehabilitarse y reinsertarse en su comunidad.
Se denomina factor de riesgo a toda circunstancia que determina un aumento de la probabilidad de que un hecho suceda. La cantidad de accidentes es la resultante del riesgo multiplicado por la exposición; mientras el riesgo se condiciona por los medios de transporte utilizados, por el estado de la calle o ruta, por la deficiente señalización o estado de visibilidad, la exposición depende de la voluntad. Cuando existe armonía entre los distintos determinantes físicos y los actores humanos, la probalidad disminuye (conductor responsable, auto seguro, buenas condiciones del camino, etc) y aumenta en condiciones disarmónicas (conductor alcoholizado, vehículo deteriorado, deficit en la señalización).
El automóvil a menudo es la primera prerrogativa adulta que se les concede a los jovenes, visualizado como un importante símbolo de libertad, capaz de otorgar prestigio entre amigos, fortalecer identidades, generar reconocimientos, etc; a esto debe sumarse el "erotismo" que tiene la velocidad; ingredientes suficientes para generar catástrofes.
La televisión, en manos de mercaderes que venden tendencias, modas y costumbres, convierte los accidentes en espectáculos patéticos y subliminalmente imitables. Los jovenes habilitados para conducir, no siempre tienen la madurez que legitima sus actos, factor que los confunde en su papel de víctimas o victimarios. El desarrollo tecnológico de los vehículos, les permite alcanzar una velocidad de autopistas en calles estrechas, donde la aceleración y la desaceleración no pueden suceder en términos de seguridad: mientras en los países desarrollados las muertes en accidentes son mayormente por colisiones, en América Latina, lo son por atropellos a peatones.
Los niños son particularmente suceptibles, ya que por su inmaduréz no pueden captar los mensajes de la señalización, carecen de desarrollo de la lateralidad lo que dificulta valorar lo que es derecho o izquierdo, no son capaces de relacionar lo que ven con lo que oyen, retardando sus respuestas motoras determinadas por estímulos visuales o auditivos, no pueden transferir educación teórica con acciones prácticas; hechos que obligan a protegerlos mucho más que a educarlos.
La educación vial integra la "educación para la salud" de la Organización Mundial de la Salud"
¿Cómo cambiar sin educar?
¿Cómo inducir conductas sino se muestra el riesgo?
Se trata, simplemente, de sembrar para recoger, de capacitar para proteger.
Dr. Luis Alberto Laporta |